Represión fue bandera para combatir la inseguridad

472

El lema que por conocido nunca se oficializó en los gobiernos pasados, fue que la represión se justificaba como medida necesaria para combatir la inseguridad.

Así, la inseguridad como un fenómeno desbordado, justificó los excesos de las autoridades y hasta hace poco menos de un año, fue el mecanismo para combatir a la delincuencia. Pero no les funcionó.

Con el pretexto de la inseguridad, autoridades de todos los niveles, se excedieron y metieron a la cárcel lo mismo a inocentes que a algunos funcionarios públicos que les estorbaban, acusándolos de corruptos.

La inseguridad desbordada fue pretexto para solicitar ayuda no sólo al ejército sino a fuerzas policiacas y “expertos” de otros países. En ese sentido, la derecha en México es proclive a pensar que toda ayuda real viene del norte, como Santa Claus.

Dar carta de identidad a la inseguridad es quitarle el candado a la puerta de acceso del país a fuerzas extranjeras.

Por lo menos en el discurso de la derecha, la inseguridad es un tema obsesivo que tiene en su otro extremo la posibilidad de que al rebasar a las autoridades debe surgir ayuda del extranjero y que encuentran, por aparente casualidad, que Estados Unidos está listo para entrar en acción contra los delincuentes mexicanos en nuestro territorio.

Se conocía que la respuesta inmediata a un clima de incertidumbre convocaba a la represión. La detención arbitraria, el señalamiento injustificado, la responsabilidad inventada, fueron, por muchos años, la amenaza de los jóvenes mexicanos de parte de policías, ministerios públicos y jueces.

Así, inseguridad y represión caminaron juntas por la negra historia de los gobiernos anteriores.

Ahora que la inseguridad carece de su mancuerna convencional que es la represión, las oscuras fuerzas conservadoras acusan desprotección de los cinturones de paz. Quieren uniformados, identificados con una corporación y un arma o un garrote para señalar represión, aunque no la haya.

Saben que los civiles que conforman los cinturones de paz, “no están capacitados”, argumentan desde sus micrófonos borrachos de rencor. 

Lo que no pueden hacer porque no saben y no deben hacerlo es a reprimir. Y si son civiles quienes resguardan la integridad de los hombres y las mujeres de la capital son civiles, no pueden ser acusados de represión.

Decenas de locutores en todos los noticiarios televisivos, exigen represión. Quieren que se coloque el puente para la crítica y la descalificación del nuevo gobierno a partir de excesos contra los manifestantes.

Esperan un pretexto para descalificar al gobierno actual y desmantelar en nuevo régimen, porque quieren hacerlo parecer como una reiteración de conductas desde el poder, una repetición de esquemas, como si les hubieran funcionado alguna vez a los anteriores gobiernos.

Para algunos, el problema de las manifestaciones no son los excesos de los infiltrados sino el peligro que corren los empleados del gobierno de la ciudad de México al tratar de evitar que los vándalos actúen como ellos quieren.

Es sabido que cuando los delincuentes se enfrentan a civiles, en lugar de gente uniformada no son tan violentos.

El uniforme -con toda esa carga de represión que les otorgó la historia reciente del país-, infunde miedo y la respuesta natural al miedo es la violencia, la agresión, el enfrentamiento.

La represión acusa violación a los derechos humanos, condición por la cual existen un sinnúmero de organizaciones internacionales preocupadas por este problema, que serían eco, en todo caso, de que algún exceso policiaco sucediera.

Al mismo tiempo, se pondera la inseguridad como el problema número uno del país, para llamar la atención de los vecinos del norte, y de otros países. 

La inseguridad no es un problema muy diferente al de otros países, por ello hay que combatirla desde sus dimensiones reales, pero no como un fenómeno sin origen ni efectos colaterales. Aquí se buscan consecuencias políticas y no erradicar los peligros de la inseguridad.

En este proceso de colocar al gobierno en el banquillo de los acusados, el delincuente se vuelve víctima y la víctima delincuente.

La oposición que tiene su trinchera en la exageración de los problemas sabe adónde conduce la exaltación de la inseguridad y a lo que lleva la acusación de la violación de los derechos humanos, de ahí que diga que cada día está peor la delincuencia y que debe actuarse con mano dura en las expresiones de inconformidad en las calles.

18 Shares