Reforma, historia sin fin

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Anteriormente, las marchas tenían un tufo a desprecio, una marginación de la razón, una estigma de lucha social. Ahora, sin saber el motivo de las manifestaciones callejeras, para algunos siempre tendrán razón.

Los que fueron satanizados durante la anterior administración ahora son líderes sociales auténticos por el simple hecho de estar contra el actual gobierno, culpable de dejar sin privilegios a una clase social que nació, creció y se desarrolló a la sombra y con el subsidio del gobierno.

Un ejemplo de ello son los profesores de la CNTE, cuyas coberturas ahora tienen más que antes. Durante el sexenio de Peña Nieto, hasta el entonces secretario de Educación, el sargento Nuño, arremetía contra ellos. Ahora, personas de su partido exigen a la actual administración pública que sean tendidos.

Pero las calles de la Ciudad de México estrenan consignas desde el 2 de diciembre pasado, y protestas protagonizadas por personas nunca antes vistas por esa avenida caminando. Por ejemplo, desde 1968, ningún grupo de personas arremolinadas en las calles pedía la renuncia del Presidente de la República. Habrá que recordar que estaba a punto de cumplir cuatro años de gobierno. Actualmente las exigencias de renuncia al Jefe del Ejecutivo se hacen desde el día siguiente de su toma de posesión, la causa, pareciera caricatura en sí misma, era la de no haber cumplido sus promesas de campaña, consigna prematura que ha servido de grito a esas marchas callejeras que se prologan por las calles en domingo por Reforma y no muestran la mínima capacidad de convocatoria.

Sin conocer el estilo de gobernar, adelantaban consignas asegurando que se trataría de un gobierno dictatorial, consigna que sigue campeando en esas marchas por Paseo de la Reforma los domingos. La misma avenida que 12 años antes ellos mismos querían fuera liberada por los inconformes por los resultados de las elecciones. Desde esa calle de las subastas bursátiles y ventas de garaje del pasado, convocaban a la desobediencia civil a menos de 24 horas que tomará posesión de su cargo la nueva administración.

La sed de contrapeso la encabezan los partidos políticos de oposición. No hay día que no hagan un esfuerzo para lograrlo inútilmente. Por su parte, el gobierno, muy seguro de sí mismo, sólo observa como se ve llover esos denodados sacrificios. A veces se excede en la confianza y se atiene a una figura individual, que si bien es aún triunfante, no puede recaer en ella todo el capital político de una administración pública.

 Las marchas callejeras intentan ser una representación de una inconformidad masiva que no existe. Nostálgicos de un México que siempre imaginaron, pero nunca existió, quieren volver al pasado. Porque en memoria de la corrupción imperante, todo tiempo pasado fue mejor. Y quieren mostrarlo a la vista de quienes difunden, también por consigna y órdenes superiores, esas marchas.

La similitud en el discurso del líder nacional del PAN devela los orígenes y el génesis de esas marchas, plantones y hasta infiltrados encapuchados. Ya dijo el líder de ese partido que estábamos mejor con Peña Nieto. Su nostálgica visión muestra sus intereses al desnudo.

Ahora voltean al pasado como una manera de sustituir la pobreza, recientemente descubierta por sus ojos, por un país que imaginaron lleno de oportunidades para la impunidad y pletórico de negocios sucios, donde la política era el mejor negocio de México. Gracias a esa práctica se enriquecieron muchos funcionarios públicos. Ese es el México que algunos quieren que regrese y son capaces hasta de organizar marchas domingueras para mostrar, aunque sea como una metáfora, una realidad donde ya no caben.

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