No bajar la guardia

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José García Sánchez

La permanente acusación de la oposición sobre el ejercicio político de Andrés Manuel López Obrador que se asemeja a un trabajo de campaña de proselitismo permanente es, en realidad, un escudo contra los embates de esos mismos críticos.

La oposición, dentro y fuera de los partidos políticos, esperan que el Presidente baje la guardia para penetrar, como la humedad entre la sociedad, influyendo y desprestigiando, de tal suerte que puedan operar un cambio radical de pensamiento social entre los mexicanos.

Exactamente como le hicieron en Brasil con Lula da Silva y con Dilma Rousseff, con instrucciones precisas del vecino país del norte. Debe tomarse en cuenta que la figura del actual Presidente de México es mucho más aceptada en los medios extranjeros, sin intereses ni compromisos, que en la prensa nacional.

Los regímenes progresistas no son socialistas como los quieren pintar desde la derecha, son entidades mandatarias que les arrebatan privilegios injustos a quienes consideran propios y en realidad son de todos. Los privilegios no son patrimonio de un sector de la población sino de todos.

La equidad de derechos es un signo de democracia, a nadie se le quita lo que por poder derecho le corresponde, a menos que ese rapto de derechos, privilegios y canonjías afecten a otros.

Lo que algunos denominan campaña es el blindaje para impedir la filtración de los grupos enemigos, conservadores o no, que quieren revertir la vocación progresista de la sociedad mexicana. El peligro de todas maneras es inminente; sin embargo, las posibilidades de triunfo en una guerra sucia informativa son menores con esa “campaña” de la que hablan los disidentes.

Los errores los magnifican y los aciertos los disimulan. Una obra maestra de la publicidad disfrazada del periodismo orquestada desde otros países, que empiezan a mostrar la mano manipuladora y los intereses que esconden.

Seguramente estos impulsos contestatarios seguirán trabajando con los manifestantes de marchas anti-AMLO, que todavía desconocen la mano que mueve los hilos con los que se llenan su ocio los domingos. Bastaría con que leyeran la historia de Chile, Argentina y Brasil para tener una idea de quién los maneja, desde dónde y para qué.

No cabe duda que habrá quienes quieran que las conferencias de la mañana desaparecieran, que el Presidente estuviera quieto en su escritorio, que no trabajara los fines de semana, que no hablara. Esos huecos serían aprovechados para señalar con mayor cobertura e intensidad, errores reales e imaginados.

El reproche acerca de qué pareciera que sigue en campaña es similar a la acusación de un delito grave para algunos grupos, tanto que convierte en una consigna reiterada e inamovible, cuya práctica en realidad no daña a nadie. No se trata de un acto que perjudique a ningún mexicano, desde luego que impide penetrar en la opinión pública desde las aristas más conservadoras de la población. Ese es el problema principal para quienes no encuentran los suficientes vacíos para inyectar la inconformidad por sutilezas cuando en realidad se actúa con los lineamientos que decidieron 30 millones de votantes.

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