Marcha marchita

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Resulta muy interesante el cambio de piel al que se han visto obligados a adoptar los miembros de la oposición para sobrevivir dentro del ánimo de la opinión pública y, al mismo tiempo, conservar los reflectores de los medios.

Saben que las siglas de sus partidos, lejos de ayudarlos, les perjudican. 

En un año todavía no aprenden a ser oposición y menos aún han intentado buscar las fuerzas necesarias para convertirse en contrapeso.

Esas personas que intentan fortalecerse políticamente en la unidad numérica de personajes, saben que deben hacer algo el día del informe del Presidente de la República. Pero también saben que no pueden hacerlo representando a sus respectivos partidos políticos. 

No vale la pena de desgastarse y desgastarlos. Entonces optan por organizar una movilización híbrida que llamaron “megamarcha”, donde confluirán quienes desean con masas mostrar músculo, en nombre de la inconformidad social que dicen encabezar. 

Debe interpretarse de la manera más objetiva la presencia de personajes radicales dentro de sus respectivos partidos que reconocen en su desprestigio la necesidad de marchar sin siglas ni colores. 

De ahí que hayan escogido el blanco para convocar sin colores ni tendencias políticas contra todo lo que diga o haga el Presidente de la República. 

Por ejemplo, muestran estar más trasnochados que nadie al exigirle al gobierno federal que mejor construya el aeropuerto en Texcoco que en Santa Lucía, discusión superada que ha demostrado la imposibilidad de ese proyecto. Así debieron protestar por la construcción de la Estela de Luz, pero guardaron un silencio cómplice.

Entre los personajes que ahora parecen avergonzarse del partido al que pertenecen, está nada menos que Beatriz Pagés Llergo Rebollar, quien renunciara al PRI a finales de junio del presente año. Pero también hay militantes en activo de ese y otros partidos en la organización de la autodenominada “megamarcha”, como el hombrecillo del PRD, Fernando Belaunzarán. Y como necesitan hacer bulto, anunció su participación Marko Cortés y Mariana Gómez del Campo, del PAN; también Margarita Zavala y su esposo Felipe Calderón, ex panistas y ahora representantes de ese remedo de partido denominado México Libre, etc., quienes además no quieren que se les identifique con partidos políticos.

Es decir, nadie va en nombre de ningún partido, quieren allegarse a la gente y la mejor manera de hacerlo, con el objetivo de crear un contrapeso que en realidad lo sea, dejan atrás los colores del partido que les representa desprestigio y repudio social. Los líderes y militantes nunca imaginaron estar en estas circunstancias de desprecio social.

Si estos personajes, identificados claramente con sus organizaciones ahora dejan atrás sus colores y siglas para unir fuerzas, aparentemente partidistas, quiere decir que la oposición está desmembrada, sin brújula ideológica, pero sobre todo huérfana de los cauces adecuados para hacerse notar. 

Si hubiera una mayor congruencia en sus ideas políticas y un proyecto real para proponerle a los mexicanos, podría pensarse en la conformación de una coalición de partidos de oposición, que seguramente se rechazarán de inmediato en cuanto empiecen a platicar para jugar juntos a ser políticos.


La oposición está aprendiendo a leer las preferencias sociales y sus causas, pero tardó un año, y lo peor de todo es que esta autocrítica no fue producto de la reflexión, sino de la desesperación ante la imposibilidad de avanzar como fuerza política dentro de sus organizaciones y ante una población que les dio la espalda y no lo ha vuelto a voltear a ver.

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