La sucesión en Morena a la luz de su origen

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Por Héctor Alejandro Quintanar*.- Luego de la arrolladora victoria de López Obrador en 2018, se presentó un escenario inédito en nuestro país: el partido en el Gobierno ha enfrentado a su mayor adversario no en el PAN o en el PRI o en un articulación de ambos. Para sorpresa de México,  y también infortunio, el mayor rival de Morena ha sido, y seguirá siendo a corto plazo, Morena mismo.

El régimen político de nuestro país en el siglo XX, dominado por siete décadas de gobierno a manos del otrora Partido de Estado, dejó un legado de prácticas en que descolló una que fue eje rector: las dirigencias nacionales del poderoso PRI eran una fachada que ocultaba al que en realidad era el líder de facto del partido: el presidente de la República, cuyo mayor privilegio era el de elegir, mediante el dedazo, a su sucesor, quien luego, en un ejercicio de simulación, competiría no en una elección sino en un simple visto bueno de las urnas electorales.

La alternancia en 2000 modificó ciertas cosas, pero no esa inercia añeja, pues tanto Vicente Fox como Calderón, emanados del PAN,  hicieron cuanto pudieron para tratar de comandar directrices a su partido, que durante décadas criticó con dureza tal tipo de intromisiones.

Aun cuando ambos enfrentaron otro tipo de fuerzas al interior de su instituto político, pretendieron marcarle rumbo, como si el PRI hubiese salido de Los Pinos pero no de las prácticas de los nuevos inquilinos blanquiazules.

Hoy, el gobierno está dirigido por Andrés Manuel López Obrador, arropado por un partido que nació bajo un marcado liderazgo fundacional de su parte.

En la coyuntura fundante ni Morena podría explicarse sin López Obrador, ni López Obrador sin Morena (como en su momento ni el PRD ni el PAN se pudieron explicar sin Gómez Morin).

Sin embargo, luego de su experiencia añeja en cuanto a direcciones partidistas  (pues fue líder local de dos partidos y nacional de otros dos), López Obrador, ya como gobernante, ha mantenido un desentendimiento saludable ante los sucesos que ocurren en Morena, mismo que no se ha visto correspondido en la estructura del partido. 

Morena ha dado visos de alerta. La preeminencia, poderío y solidez que cuentan al exterior (donde dominan los cargos públicos en el país) contrastan con su debilidad interna, cuyo principal síntoma es la imposibilidad de organizar algo que es no sólo importante sino vital para su propia democracia: la sucesión de su dirigencia nacional.

Ante ello, la solución no puede provenir ni del liderazgo moral de AMLO (quien acertadamente debe mantenerse ajeno a la brega y enfocar la totalidad de su esfuerzo a la difícil tarea de gobernar) ni menos aún de las salmodias interesadas de los adversarios del partido.

La solución está, como todo en la vida, en la memoria y en la vuelta congruente al punto de partida, no como retroceso, sino como pausa en el camino para recordar a dónde se va.

Ante eso, dos ejercicios de memoria:

Es el 20 de noviembre de 2012. Luego de votar por tornarse en partido, la Asamblea fundacional de Morena  se dividió en grupos de trabajo para definir sus estatutos y construir sus carteras.

El debate fue intenso y sobresalieron los temas prioritarios en la agenda del partido: combate a la pobreza, empleo para jóvenes, indigenismo,  equidad de género y libertades sexuales. Dos días de discusión parecían no ser suficientes.

Pero en el marco estatutario, hubo un fuerte denominador común: las reglas del partido se redactaron con un muy claro sentimiento en el tintero: un pavor absoluto a que el partido reeditara las destructivas prácticas de Jesus Ortega y sus huestes  (“los chuchos”) en el PRD.

De ahí la prohibición a que en Morena  hubieran “corrientes internas” en el partido y la intención de que los mecanismos de selección de candidatos y órganos de dirección fueran innovadores.

La lucha de la política real en el partido ha modificado poco los estatutos pero mucho sus prácticas. En Morena no hay “corrientes internas” formales pero sí las hay en los hechos.

La pesada coyuntura de 2018, por otro lado, significó al partido cambios basados en un grado de pragmatismo que, en la interpretación de entonces, hiciera frente a un probable fraude electoral y a ganar con el mayor margen posible.

Las piernas que Morena se dio en ese momento de 2018 le dieron potencia suficiente para ganar la carrera presidencial con holgura, pero le han sido inútiles para caminar la nueva ruta partidista posterior al triunfo. 

¿Cómo puede volver a caminar el partido?

La respuesta es simple para la cabeza que manda, pero será difícil para las piernas que obedecen, pues se debe volver a ese noviembre de 2012, cuando el temor a perredizarse era el tenor común en la militancia del partido.

Desechar todas las prácticas que tiendan a eso dotará no sólo de fuerza a las piernas del partido, sino que así mismo, le mostrarán, como decía Serrat, el camino que debe andar.

Sólo así se tendrá un partido a la altura del proyecto del Gobierno: una entidad dinámica que no sólo refuerce los valores que se buscan implementar en la Cuarta Transformación, sino que, como un tutor riguroso, se le ubique a su izquierda para dictar el rumbo y, asimismo, enfrente con las armas de la formación política los futuros embates de la oposición, en cuyo credo abunda, como lo enseña la historia de las derechas en América Latina, más el golpismo que la democracia.

*Morena Exterior, República Checa.

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