La OCDE al museo

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José Ángel Gurría. Foto: web

Carlos Salinas de Gortari integró a México a la OCDE como evidencia de que la economía del país estaba en su mejor momento. Era una de las condiciones implícitas para asegurar su llegada al entonces GATT, Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio, ahora Organización Mundial de Comercio (OMC).

No hacía falta estar ahí, tampoco ahora hace falta. La OCDE se ha convertido en una especie de capataz de los gobiernos que la integran, señalando el camino como la cola de la tormenta neoliberal en agonía.

Su actual secretario General, José Ángel Gurría, salinista químicamente puro, la preside desde hace muchos años, ha sabido preservar el espíritu de las medias antipopulares y es posible pensar que una vez que se jubile —que ya va siendo hora—, la OCDE podría desaparecer.

Sin más requisito Gurría llegó a México con la consigna de “úsenos”, es decir, vio que la actual administración pública ni se acordaba de una organización, que debería estar en el museo, que es la hermana del FMI, del Banco Mundial, que tiene más de nostalgia que de proyecto concreto; sin embargo, la OCDE quiere erigirse como el último bastión del neoliberalismo y persiste en sobrevivir.

A la OCDE le gusta mucho imponer criterios económicos para que los gobiernos de los países miembros dependan de sus instrucciones. Para esa organización las medidas antipopulares son la única solución a los problemas financieros del mundo.

Las medidas impuestas por regímenes conservadores como Chile, Francia, Brasil, Colombia en materia de jubilaciones coinciden con lo recomendado a México por su Secretario General, como si quisiera descarrilar la Cuarta Transformación y meterle una zancadilla en uno de los puntos más sensibles de las garantías sociales.

Gurría Treviño señaló recientemente en nuestro país: “En México es urgente que se tomen acciones para reformar el sistema de pensiones, la edad de jubilación y el número de años de trabajo, aunque el costo político de llevar a cabo una reforma de pensiones es alto, debe de pensarse en los beneficios que se tendrán porque hay costos en el corto plazo”.

Más clara postura no puede existir aunque a la intención de la recomendación se le otorguen varias interpretaciones, pero lo inmediato radica en crear inconformidad social, que sería la reacción natural de imponerse sus recomendaciones.

La tarea de la OCDE consiste en desgastar socialmente a los países miembros que adoptan medidas populares. Busca hasta encontrar deficiencias y si no las encuentra las inventa.

Así, dentro de la visita de Gurría al país, en Sonora, lanzó lo que en otros tiempos hubiera sido una orden tajante en México: “Antes de pensar en aumentar la edad de retiro debe de pensarse en terminar con la informalidad”.

Para la OCDE, ese rincón del pasado que intenta ser futuro, sólo hay dos medidas la incorrecta, que es la popular y la de ellos, que es el camino del desarrollo y el progreso.

El Secretario General de la OCDE viajó a México, cuando en regímenes anteriores, quien acudía a la sede de la OCDE para hablar con él, eran los funcionarios públicos para solicitar asesorías, consejos y hasta la mejor manera de solicitar créditos. Todo con cargo a la modificación de la política social de México.

El simple hecho de que sea la OCDE la que viene a ofrecer sus “servicios”, habla no sólo de la buena salud de la economía mexicana sino de su integridad y autosuficiencia respecto a las instancias a las que era común acudir en el pasado. Y la OCDE quedó en el pasado.

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