La mamá de la Revolución Mexicana

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Nellie Campobello, considerada una narradora peculiar de la Revolución Mexicana

Por Víctor Roura

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Un día antes de la Nochebuena de 1998 se dio por oficial la muerte de Nellie Campobello ocurrida en 1986 en el municipio de Progreso de Obregón, Hidalgo, ocultada por más de una década por miserables intereses pecuniarios. Si bien en el medio cultural ya se tenía la intuición de su infausto destino, se la tomaba como “desaparecida” a falta de comprobaciones fidedignas que mostraran lo contario. Motivos económicos, como la apropiación de pinturas de valor incalculable (cuadros de Roberto Montenegro, Carlos Mérida y José Clemente Orozco pertenecientes a Campobello, que se han llegado a tasar en más de 60 millones de dólares), obligaron a su supuesto protector Claudio Niño Cienfuentes a silenciar su muerte, de origen aún desconocido.

Nellie Campobello (Durango, 1900 / Hidalgo, 1986) no sólo fue una importante bailarina y coreógrafa, sino es también considerada una narradora peculiar de la Revolución Mexicana. Su libro Apuntes sobre la vida militar de Francisco Villa (1940) se encuentra incluido en la bibliografía consultada por Friedrich Katz (1927-2010) para su fundamental volumen Pancho Villa (Editorial Era, 1999). Pero acaso el libro más difundido de Nellie Campobello sea Las manos de mamá, que publicara también en 1931 (como Cartucho) y que el Conaculta reeditara en 1991 en su colección infantil “Botella al Mar”.

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El libro, de apenas 60 páginas, tiene como figura central la imagen materna, la madre de Nellie que fuera la mujer que más admirara en su vida: “Nació en la sierra. Creció junto a los madroños vírgenes, leyendo relatos fantásticos. Sus antepasados fueron hombres guerreros que habían peleado sin tregua con los bárbaros para defender sus vidas y sus llanuras. Así como jareaban una piel roja, así ponían flechas en el corazón de las fieras salvajes. Manejaban sus hondas, sus arcos, para defender su vida desde los torreones que protegían sus casas”. En sus ojos se grabaron las visiones exactas, “su corazón se forjó así; nadie podría empequeñecerlo, como nadie puede quebrar un amanecer”.

El relato es un canto de amor. La narradora no se entretiene en argumentos que validen sus afirmaciones literarias: su único objetivo escritural es exhibir su querencia, y vaya que la refleja de mil maneras: el lector se queda con la impresión de una madre que vive el vértigo de la revolución como si sus vivencias fueran la fuente de una literatura fascinante: su madre debió de haber sido la madre de todos los revolucionarios de México: “Se dedicaba con verdadero amor a ayudar a los soldados, no importaba de qué gente fuera.

      “¿Para qué levantó esos hombres? ¿No sabía usted que son enemigos?

      “—Míos no lo son, son mis hermanos.

      “—Pero son unos salvajes. ¿Usted protege a los que asaltan?

      “—Para mí ni son hombres siquiera —dijo ella, absolutamente serena—. Son como niños que necesitaron de mí y les presté mi ayuda. Si ustedes se vieran en las mismas condiciones, yo estaría con ustedes”.

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Pero, entre innumerables, hubo un soldado que se quedó marcado en la memoria de Nellie Campobello: “Una noche llegó a verla un oficial vestido de blanco, de cara pálida y bigotito negro. Era verano, la Luna hablaba con ensoñación, atraía los recuerdos y se dejaba besar por ella. Era su costumbre: encantarse, y fascinada permanecer horas y horas contemplándola”.

Se llamaba Rafael Galán, y una noche le ofreció un nardo a su madre:

—Esta virginal flor fue creada para coronar a la mujer, yo quiero esta noche coronarla a usted —dijo tristemente, quitándose el sombrero—. Vamos a salir hoy. Tenemos que atacar Santa Bárbara; yo quiero esperar la salida aquí platicando. ¿Usted me dejará? Fumaré, admiraré a las mujeres que, como usted, son el orgullo de los hombres como yo, nacidos en estos llanos norteños.

Dice Campobello que su madre lo oía extasiada, ya con el marido muerto en la revolución. Galán se quedó platicando con la mujer hasta que fueron a darle aviso de la partida.

“Había mucho movimiento. Estaban acuartelados los villistas a dos cuadras de ahí. Tropeles por aquí y por allá. Arrendaban caballos, pasaban corriendo. De repente el capitán se detuvo frente a la casa.

      “—Ahora sí, adiós.

      “Se había bajado del caballo. Le dijo a ella:

      “—Pero antes de que me vaya quiero pedirte un favor: ¿me permite abrazarla?

“Ella lo despidió con un abrazo. Él le besó la mano. Ya iba a montarse, cuando rápidamente se devolvió y le besó la punta de su vestido. Se montó ágil y se alejó como sólo podía hacerlo Rafael Galán”.

A las tres horas, el primer balazo de una avanzada alcanzó la frente del joven oficial.

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La madre de Nellie Campobello se dejó morir cuando se le murió su último hijo, un niño tal vez de menos de un año de edad, pero en estas anécdotas la escritora se guardaba los detalles, las intimidades, incluso los nombres (¿cuál era el de su madre que tanto amaba?).

La carta postrera es realmente conmovedora: “Siguiendo su mano, aquí estamos todavía con los ojos en usted. Los hilos de venas entre las manos se juntan por usted. Las sonrisas claras, verdaderas, son por usted. Y así todas las cosas que florecen para nosotros: son por usted. La vida le dio el dolor de nosotros, quitándole todo, pero hoy tratamos de realizar lo que usted hubiera querido. Y volvemos a cada instante para buscarla. La luz del entendimiento se retarda y surge el dolor, el dolor de lo que se adivina”.

Nellie, no obstante, también sabía equivocarse.

En Las manos de mamá, en la página 16, habla de su abuelo, el Papá Grande, que acababa de abandonarlas de este mundo, su otro gran amor: “Papá, cuánto lo quiero y su compañía me es tan necesaria; a donde yo vaya va conmigo su retrato. Consulto su cara, le hablo y le pido su consejo. Usted rezaba directamente al cielo y le pedía a Dios y a san Miguel, y yo también les hablo y les digo con sus mismas palabras cómo usted desea que nos protejan. Sé que usted me oye y sé que nadie se atreverá a hacernos daño”.

Cincuenta y cinco años después, Nellie Campobello muere sola, en condiciones desconocidas, sin la protección de su Papá Grande, ni de san Miguel, ni de su madre.

 Sí, en esta vida cualquiera —hasta el que menos pueda uno imaginarse— es capaz de hacernos daño.

Porque la vida a veces no es literaria.

NTX/VRP

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