Fábrica de noticias

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La desinformación le apuesta a la cantidad de noticias, a los impactos de la mercancía que vende como verdad, la calidad de las noticias falsas carece de lógica y es en esa congruencia donde la fragilidad de la desinformación se muestra en su posición más vulnerable.

Es así que conciencia social de por medio, la desinformación se convierte en una especie de paquete periodístico apartado de la posibilidad de ser cierta. Se desprende de intereses y no logra llegar satisfactoriamente a influir en las grandes capas de la sociedad.

La deformación de la realidad tiene un hilo conductor, una especie de esqueleto cuya esencia ósea son los intereses. Desde luego que llegan revestidos de apariencias engañosas que reiteran su esencia en el primer descuido, en la frase mal hecha en la sintaxis extraviada por el afán de descalificar o tergiversar un proceso en desarrollo.

La desinformación no recurre a los hechos consumados por lo regular, simplemente se monta en el trayecto de la acción que habrá que desprestigiar o desechar. Camina paralelamente a la realidad, pero no se toca ni tangencialmente en su recorrido por la alteración de la percepción.

Repetir la desinformación es informar sobre el emisor sin mensaje claro, a veces con ausencia de esencia, se trata de influir en la opinión de quienes aún no han reflexionado sobre la realidad o bien para quienes desde la perspectiva de un aparato de formación superficial de la comunicación siguen creyendo en lo que saben, de alguna manera, que mienten, pero desconocen la intención, no quieren saber a partir de dónde se tergiversa, o dónde concluye la manipulación deformadora de la verdad.

Porque toda desinformación debe tener una pizca de verdad, como ingrediente indispensable para armar un rompecabezas al que siempre le falta una pieza. Esa pieza no es precisamente la verdad sino la congruencia con la realidad que se asoma por las rendijas del discurso de lo falso.

Los insumos de la desinformación son los rumores y especulaciones que la guerra sucia esparce entre las redes y los comentarios de grupos que si bien desconocen lo que propagan, tienen un enemigo común. Que en la mayoría de los casos, aquí y ahora, es el gobierno federal.

La desinformación usa medios tradicionales cuando esparce como  polen los rumores que pululan en las redes. Ese es su disfraz y su caparazón para sobrevivir. La desinformación aparece en los medios tradicionales en el lapso entre el discurso oficial y la acción de gobierno, es decir, es una especie de sabotaje informativo para descalificar la disposición política de la administración pública.

En México, ante cualquier riesgo de desinformarse una buena parte de los mexicanos prefirieron considerar toda la información de los medios convencionales inservibles y asistir a las urnas y votar por quien los medios descalificaban, y lo que hicieron esas empresas noticiosas fue desacreditarse a sí misma, convirtiéndose en una fábrica de noticias cuya producción se basa, una vez más en la cantidad de noticias y no en su calidad.

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