Escape de la democracia

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Los mexicanos debemos estar más comprometidos con la democracia, que es un medio para alcanzar los fines establecidos de bienestar de la población, pero en México se adopta desde hace muchos años como una batalla entre el poder y los gobernados, por los exceso de autoridad y la falta de participación de la gente.

La democracia ha sido adoptada como una cancha de futbol donde el equipo ganador es el enemigo a vencer y los derrotados no caminan junto con el gobierno por el bien de la comunidad sino que le impiden gobernar a toda costa, aun apostando por su propia sobrevivencia.

La democracia es un trabajo de todos que debe ejercerse todos los días; sin embargo, en nombre del equipo vencedor, incluso dentro de los partidos, se impide el avance de la democracia a partir del resentimiento de la derrota y se inventan resquicios para infiltrar el retroceso.

La complejidad de la democracia exige aliados aun en el otro lado de las trincheras habituales.

Mientras haya quienes pelean el poder fuera desde urnas, la democracia en México estará débil. La oposición prefiere conformarse como un grupo de choque que como una organización que luche por los medios adecuados por el poder. Lo mismo sucede en los partidos políticos que se muestran divididos sin excepción.

La concordia está tan lejos de lo que se considera el ejercicio político que suena a utopía y mueve a risa, a pesar de la urgente necesidad de instaurarla en nombre de la democracia.

La equidad también es un anatema tradicional en México que pronuncian sólo los soñadores o los que, de plano, están fuera de la realidad; cualquier esfuerzo por pugnar por la armonía o la igualdad no sólo recibe el rechazo de quienes se consideran superiores y por quienes piensan que vivir en paz es sinónimo de rendición.

Reconocer al ganador en lugar de mover a la reflexión interna sobre lo que se hizo mal, o lo que debió hacerse sin advertirlo, es motivo suficiente para descarrilar lo que se hace, en un afán de encontrar en el otro la destrucción que la democracia infringió sobre los que no quieren reconocerse como perdedores.

Perder no es convertirse en ciudadanos de segunda sino en seres que todavía no están preparados para vencer.

Por lo menos en una democracia la derrota y la victoria requiere de trabajo antes y después de las jornadas electorales, que debe ser el único campo de batalla entre las ideas y los pensamientos políticos. Escapar de ellos voluntariamente, es una transgresión.

A pesar de estos preceptos hay quienes pelean fuera del lugar de la contienda y tienen en la guerra sucia la única manera de desgastar al vencedor, a quien quieren volver vulnerable ante pequeños y aislados actos de protesta que no por ser limitados o escasos, dejan de dañar no sólo al que gobierna sino a la democracia y al país.

La democracia no se fortalece por sus logros sino por la incorporación de los enemigos para concretar objetivos comunes.

El rol de la disidencia no es rendirse sino hacer valer sus ideas y sus pensamientos en el camino hacia el futuro. La democracia es de todos.

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