El 7 de enero de 1907, las fuerzas del Ejército federal reprimieron violentamente a huelguistas de Río Blanco, municipio veracruzano, cercano a Orizaba. Dicha acción fue el detonante para el inicio de la Revolución Mexicana en esa parte del país. 

Esa región del centro de Veracruz era un importante centro industrial en el ramo textil. Las condiciones de trabajo eran inhumanas y los horarios, de sol a sol, sin que los trabajadores tuvieran ningún derecho.

Los trabajadores de las fábricas de la región, y los de Puebla, Tlaxcala y Atlixco, empezaron a acercarse a los periódicos y la organización del Partido Liberal Mexicano, encabezado desde el exilio por Ricardo y Enrique Flores Magón.

De esta manera, surgieron varias filiales del Gran Círculo de Obreros Libres, incipiente organización sindical que propugnaba por la defensa de los trabajadores.

La organización, que recogía experiencias previas de lucha, construyó un pliego petitorio en el que exigía la reducción de la jornada de trabajo, que era de 16 horas, el establecimiento de una tarifa salarial general por tipo de trabajo, la reglamentación del trabajo infantil y nocturno, así como el reconocimiento de sus organizaciones.

Para obtener estas demandas, los obreros de la región de Puebla-Tlaxcala y Orizaba iniciaron una huelga el 1 de diciembre de 1906. Los dueños de las fábricas, que también habían construido una fuerte y unificada organización patronal, se negaron a resolver las demandas y, a su vez, estallaron un paro patronal el 24 de diciembre.

Los trabajadores exigieron el arbitraje del presidente Porfirio Díaz, quien se reunió con ambas partes, emitió un laudo conciliatorio y llamó a reanudar las labores. 

Los obreros de todas las fábricas aceptaron el fallo, excepto los de Río Blanco, quienes el 7 de enero de 1907 se negaron a entrar a trabajar. Mientras estaban reunidos en los alrededores de la fábrica, un empleado de la empresa disparó contra ellos. Los obreros, en respuesta, quemaron la tienda de raya de la fábrica, matando a los dependientes, para luego liberar a los presos. 

Con el apoyo de la población, el motín se extendió: quemaron y saquearon varios comercios y casas de familias acaudaladas y se dirigieron a las vecinas fábricas de Nogales y Santa Rosa, donde se les unieron los obreros de ambas. 

Ante la magnitud del motín, el gobierno de Díaz aplicó una solución extrema: intervino el 13º batallón del Ejército que masacró indiscriminadamente a obreros, mujeres y niños. Hubo decenas de muertos entre obreros y civiles, multitud de heridos y la organización de los trabajadores fue desmantelada. Los líderes fueron detenidos o despedidos y muchos tuvieron que huir.

Cualquiera de los supervivientes pudo haber dicho, como José Arcadio Segundo Buendía a su sobrino: “Nunca se te olvide que eran más de 3 mil y que los tiraron al mar”.

Retomada de Flickr.

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