Diferencias no son distancia

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José García Sánchez

Parecieran olvidar algunos, sobre todo desde la disidencia, que los partidos políticos tienen como objetivo llegar al poder, éste como un medio para alcanzar el fin principal que es servir.

Los partidos políticos en México han olvidado luchar por el poder, ahora lo hacen por el presupuesto, es decir, por mantener el registro y por ello son capaces de dar la vida, de tal suerte que la dignidad, al identidad, la ideología, la percepción de la realidad, no es nada a cambio de las canonjías que otorga nuestra ley electoral.

Ante la aplastante derrota de la oposición en los comicios del 1 de julio del año pasado y los subsiguientes, por parte de Morena, la oposición, incluso algún sector de la población, percibe al Partido en el poder y gobierno como parte de lo mismo, acostumbrados por el PRI desde su nacimiento, extrañan una simbiosis entre poder y partido, de ahí que se hayan cobijado, y a veces mimetizado, algunos partidos chicos bajo su sombra, como parásitos chupando de sus acciones, votos, declaraciones y hasta de sus líderes.

Las diferencias entre gobierno y partido en el poder deben ser normales, pero en México esa costumbre pareciera no sólo una ruptura sino una traición. Las diferencias entre partido en el poder y gobierno deben ser naturales; sin embargo, ante la necedad de los necios por desgatar un gobierno que apenas comienza y quieren cumplidas todas las promesas de campaña a los siete meses, ahora se encuentran con la oportunidad de su vida ante cualquier diferencia de puntos de vista entre estos dos factores de poder político.

En el caso de la ampliación de mandato en Baja California, lo realmente trascendente no es si se vulnera la decisión del Congreso local, que tiene la atribución de ampliarlo sino la fragilidad del PAN y la vulnerabilidad del sistema de partidos que con este tipo de situaciones se muestra débil y decadente.

Las diferencia tan grande de votación entre el primero y el segundo lugar en las votaciones del 1 de julio, son, según el sistema de partidos, un mandato que rebasa los lineamientos convencionales de la equidad en las cámaras; sin que esto quiera decir que se violenten las leyes de la legislación indirecta, pero sí que el partido en el poder pueda y deba tener una mayor injerencia en la vida política del país, por derecho propio.

La necesidad de un cambio radical de sistema político a través de una reforma electoral, es inminente, pero hay políticos, dentro y fuera del poder, que apenas manejan lo que tienen, conocen poco lo que hay, desconocen la mayoría de las leyes, como para ahora estrenar nuevo sistema político que tarde o temprano deberá transformarse en México.

Mientras esto sucede, la oposición se regodea ante las diferencias sobre los diferentes temas entre los hombres del poder y el partido, incluso entre los secretarios de Estado y el partido, o los legisladores y el partido en el poder.

La votación fue tan nutrida, en una votación del partido, es decir, de Morena, que quienes estuvieron fuera de este proceso, o quienes no votaron por esta opción en las urnas, ven partido, Estado y gobierno como una misma entidad. Su gran fundamento: un líder carismático que no había tenido la política mexicana desde tiempos de Lázaro Cárdenas.

Esta figura monolítica hace la oposición y algunos sectores de la población vean que gobierno, Estado y partido son lo mismo. A éste se le debe el triunfo del gobierno actual que fortalece, a pesar de las críticas al Estado mexicano y al partido en el poder.

Ojalá que haya muchas diferencias entre el gobierno y el partido en el poder, eso enriquece la democracia. Ojalá se acostumbren más de uno a esas diferencias porque en una democracia sólida no toda discrepancia es división ni toda diferencia es traición, como ocurre al interior de la oposición.

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