¡De mí o de nadie, preludio de un feminicidio!

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Norman F Pearl

No hay complicidad más vergonzante que mantener “neutralidad” ante una injusticia evidente. Este evento -por desgracia cotidiano- se sucede tan a menudo que mucha gente lo asume con indiferencia.

Hace algún tiempo, en un universo de veinticinco compañeros y amigos, se presentó un terrible caso: uno de ellos, había golpeado a su pareja, ella,  presentó una denuncia penal en contra del agresor y difundió el evento en el entorno que compartimos.

Lo supe tiempo después, encaré al sujeto y le dije que no merecía ninguna consideración y respeto, y que no quería volver a saber nada de él. Mi sorpresa fue que el golpeador había aumentado su simpatía en el grupo y que TODOS veían con naturalidad ese tipo de “conductas”. Por supuesto, cambié drásticamente mi percepción sobre las virtudes humanas de ese insensible “clan”.

La relación afectiva entre seres humanos debe estar regulada exclusivamente por la voluntad personal de compartir sus vidas en tiempos y espacios no definidos.

“Hasta que la muerte los separe” es más que un deseo de armonía y paz duradera, una condena para reprimir las emociones y deseos en la mayoría de las personas.

Hay tímidos debates sobre la importancia de la monogamia en la cultura occidental que pocos defienden y practican. El matrimonio ya suele ser prescindible para muchos pues está basado en algo tan frágil y variable como el amor romántico que en todo caso es inestable.

Las reflexiones anteriores sólo tienen el propósito de insistir en la libertad plena que tienen las mujeres para decidir en cualquier momento iniciar una relación que les ilusione o terminar con otra que les haga infelices.

Nadie, ni siquiera su interlocutor amoroso, deberá interceder en decisiones tan graves como trascendentes en sus propias vidas.

La fuerza física, el poder económico de la pareja, el linchamiento social, los hijos, inclusive, deben ser motivos insuficientes para el sometimiento y la amargura.

La esclavitud, como grotesco símbolo de la propiedad humana, fue abolida legalmente en el mundo por razones mínimas de humanismo y de justicia social. No podemos retroceder ahora permitiendo que se instale en nuestras sociedades ni aceptar casos aislados que nos haga cómplices.

Los hombres debemos entender y promover integralmente la igualdad de género y para ello es necesario hacer una justa introspección comunitaria. No podemos ostentar supremacía alguna sobre las mujeres, no somos dueños de sus cuerpos, sus conciencias y sus decisiones. El límite de nuestras posesiones termina con nosotros mismos.

Ya no es suficiente reconocer la dulzura, abnegación y otras virtudes típicas de las mujeres, llegó el momento de respetar sus capacidades en todo ámbito de competencia.

Termino alertando a las mujeres que cuando inician los insultos, humillaciones y golpes, es una clara advertencia que el amor y la amistad han terminado y empezará un indeseado calvario.

El perdón o la disculpa es un tentador autoengaño que no deberán asumir pues ser permisivas sólo alentará la cobardía de sus implacables verdugos.

“Quien bien te quiere te hará sufrir” ¿caes en ésta manipulación absurda?

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