Los derechos humanos en México frente a nuevos retos |Carlos Figueroa Ibarra

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Por Carlos Figueroa Ibarra, Secretario Nacional de Derechos Humanos e integrante del Comité Ejecutivo de Morena
El inicio de la Cuarta Transformación en México encabezada por Andrés Manuel López
Obrador, abrió una ventana a la esperanza en materia de derechos humanos en México.
Sin embargo, es necesario recordar que el gobierno de Morena y sus aliados está enfrentando un país bañado en sangre y convertido en una enorme fosa clandestina.

Recuentos oficiales difundidos por la prensa dan cuenta de 250 mil personas asesinadas,
buena parte de ellas en ejecuciones extrajudiciales, desde que Felipe Calderón declaró la
guerra al narcotráfico en diciembre de 2006.

También se estima que en el último lustro, 45 mil personas más han sido desaparecidas. El
crimen organizado logró durante la época neoliberal, tener influencia directa o indirecta
en dos terceras partes de los ayuntamientos del país. Y se estimó que la ineficiencia
judicial alcanzó el 98 por ciento. El contexto de los derechos humanos en México es el de
un Estado penetrado en gran medida por los poderes invisibles e informales. A ello hay
que agregar la violencia generada por la implantación del modelo neoliberal en los últimos
36 años.

Por ello mismo, las dos grandes fuentes de violaciones de derechos humanos en México
han sido fundamentalmente dos: la derivada de la acumulación salvaje propiciada por el
neoliberalismo y la surgida en el contexto de la violencia desencadenada por el
narcotráfico y la militarización de la lucha contra éste.

Buena parte de los luchadores sociales asesinados o encarcelados en México lo han sido
por oponerse a los grandes proyectos de muerte como la minería a cielo abierto, las
hidroeléctricas asociadas a esta minería, la expropiación de tierras y territorio para estos
proyectos, la apertura de nuevas vías de comunicación hechas en función de los referidos
proyectos, los conflictos ambientales, laborales y de pobladores que el neoliberalismo
genera.

Es sintomático ver cómo los presos políticos del neoliberalismo ya no son los militantes
políticos revolucionarios o progresistas de antaño, sino ciudadanos o ciudadanas comunes
y corrientes que se rebelan contra la deforestación, la contaminación de las aguas, las
expropiaciones, los salarios miserables, los despidos y muchas otras infamias propias del
modelo económico rapaz que se impuso en el país.

En lo que se refiere a la segunda fuente de violaciones, de acuerdo a la teoría de los
Derechos Humanos, son cometidas por autoridades oficialmente establecidas. Se ha dicho
que solamente el Estado comete violaciones a los derechos humanos.

En países como México el problema se complica por dos razones: el Estado tiene fronteras imprecisas con actores delincuenciales, como puede verse claramente en el ámbito municipal; los poderes criminales compiten con el Estado en aquellos lugares en los cuales el Estado no aparece o ha desaparecido y los vacíos estatales provocan que surjan autoridades informales que le disputan al Estado su hegemonía y se convierten en las autoridades reales en muchos lugares.

Estos poderes informales desatan violencia contra la ciudadanía y también entre sí. La
visión punitiva de la lucha contra el narcotráfico también ha desencadenado violaciones a
los derechos humanos por parte de policías y fuerzas armadas. He aquí el contexto en el
cual surgen las autodefensas, se expanden las policías comunitarias y lo que es un
fenómeno morboso: el auge de la justicia por mano propia cuya expresión más atroz son
los linchamientos que desde hace años estamos observando.

El reto de la Cuarta Transformación enfrenta, pues, diversas facetas. Tiene que eliminar la
violencia contra los luchadores sociales que se oponen a los proyectos de muerte. Debe
impulsar sus proyectos de desarrollo en consulta y consenso con las comunidades
afectadas. Necesita recuperar al Estado que no solamente ha sido secuestrado por la
llamada “mafia del poder”, sino también del crimen organizado. Y obviamente, deben
eliminar las causas sociales del caos que nos heredó el neoliberalismo.

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