Hoy, 18 de diciembre, hace 14 años el dirigente cocalero Evo Morales, conquistó a los sectores más pobres de Bolivia, para convertirse en el primer presidente indígena de ese país, desde que la llegada de los españoles interrumpiera esta noble condición. 

Evo, político, sindicalista, activista y dirigente de izquierdista, ganó la presidencia al obtener entre el 41 y el 45% de los votos, sobre su más cercano competidor, el conservador Jorge Quiroga, que sólo obtuvo entre el 33 y el 36%.

Estas eran las noticias la mañana del día siguiente a las elecciones celebradas el 18 de diciembre de 2005.

Evo siguió ganando las elecciones, los fanáticos del antirreeleccionismo, disfrazaban de injusticia lo que las urnas seguían gritando al mundo.

La legitimidad que otorgan las urnas solamente puede desterrarlas la violencia, la represión, la prohibición de la disidencia, la tortura, la desaparición y la muerte como ocurre en Bolivia luego del golpe de Estado de los conservadores bolivianos del 10 de noviembre de 2019.

Desde que se asomó a la historia una nueva victoria de Evo Morales en la presidencia de la República, él mismo denunció públicamente este intento, que era un réplica del que se organizó de manera frustrada en el período 20062009.

Los países aliados a Estados Unidos anunciaban una derrota de Evo, aunque reconocían las cadenas de televisión dependientes de la Casa Blanca que iba a dejar un país boyante en las finanzas, con paz social y sin problemas políticos o económicos serios.

La derecha estaba agazapada desde el primer triunfo electoral de Evo, cuando nacionalizó el petróleo, recuperó los recursos naturales y las empresas para el Estado. 

Evo le apostó al carácter multilateral de las relaciones internacionales e impulsó, junto a otros países de la región, novedosos mecanismos de integración y concertación política como ALBA y UNASUR.

Estados Unidos no parpadeaba cuando veía hacia Bolivia y desde el primer anuncio de la victoria de Evo mantuvo su línea conspirativa. Para ello utilizó a la DEA, que se dedicó al espionaje político junto a la CIA, y a la capacidad instalada de su embajada en La Paz, para organizar y fomentar los planes de división territorial, que fue la forma concreta con la que se pretendía derrocar al gobierno de izquierda.

La CIA trabajaba horas extras desde ese entonces, y el principal puente de la agencia es, desde hace más de medio siglo, los medios de comunicación, con los que empezó a actuar sistemáticamente, sin tregua.

El 20 de octubre de 2019, los bolivianos votaron por Evo Morales Ayma, por encima de las maniobras de la derecha interna y regional, el Imperialismo y una intensa guerra mediática.

El candidato de Comunidad Ciudadana, Carlos Mesa, perdedor de las elecciones, primero pidió una segunda vuelta, sin esperar el cómputo oficial de votos; luego solicitó una auditoría internacional por sospechas de fraude e instó a desconocer los resultados del sufragio. 

Ante una acusación de fraude electoral, la OEA afirmó como un hecho lo que en realidad era una especulación, pero sobre todo el argumento golpista orquestado desde Estados Unidos.

Desconociendo a las instituciones electorales y el mandato popular expresado en las urnas, sectores de la oposición conservadora boliviana, con el apoyo y conducción de los Estados Unidos y de oligarquías regionales, pusieron en marcha un golpe de Estado con el objetivo de escamotearle al pueblo boliviano el resultado electoral.

La oposición se negó a reconocer su derrota en las urnas y acudió a la violencia y la fuerza contra el orden constitucional.

Hoy Evo está en Argentina, llegó de México, donde se le reconoció su calidad de exiliado político ante el mundo. 

Ya prepara su candidatura para derrocar con la fuerza de  las urnas y el impulso del pueblo a la dictadura represiva encabezada por Jeanine Áñez.

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