Al fascismo no se le debate, se le destruye

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Si Trump pudiera organizar a grupos armados para salir a las calles a quemar, a destruir, a perseguir, ya lo habría hecho, creo que ganas no le faltarían. Trump cuenta con el apoyo de buena parte de las fuerzas armadas, policías, millonarios y, claro, su base principal, mujeres y hombres blancos conservadores. 

Quizás Trump no sea un fascista declarado a sí mismo como tal, pero lo cierto es que sí es un individuo doble moral y simulador con tintes fascistoides, que ha llegado para darles a los grupitos neofascistas una agradable comodidad para que hagan de las suyas y que se ensañen, principalmente, contra los inmigrantes.

Las consignas del trumpismo tienen, desde luego, ese toque fascistoide, como el «que deporten a todos», «que se construya el muro y que México lo pague», «que Estados Unidos vuelva a ser un país de blancos, por blancos, para blancos»…

Trump, con su consciente desinterés para condenar a la ideología neofascista, ha dado a estos grupos un permiso para salir a promover su falaz teoría de que la raza blanca es la «víctima» de todo. Porque, eso sí, los grupos neofascistas asesinan, insultan, humillan y discriminan pero, según su modo de ver las cosas, las «víctimas» son ellos.

La historia del fascismo alemán, muy presente en la memoria colectiva, nos enseña que a dicha ideología no se le debe permitir expandirse, pero ni tantito. El fascismo es un enemigo común al cual no se le puede ignorar por muy pequeño que parezca. 

Siempre y cuando existan fuerzas de esa calaña, al mismo tiempo jamás faltarán los movimientos de resistencia que les hagan frente. Porque, como lo plantean quienes ayer y hoy han combatido al fascismo: al fascismo no se le debate, se le destruye.

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