A 133 años de los mártires de Chicago

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El 11 de noviembre de 1886 fueron ejecutados en la horca cuatro líderes  sindicales. Se les acusaba de la explosión de una bomba que había matado a un policía. Hecho que nunca sucedió, su verdadera responsabilidad radicaba en haber intentado la reducción de horario de trabajo.

El 11 de noviembre de 1887, un año y medio después de la gran huelga por las 8 horas, fueron ahorcados en la cárcel de Chicago los dirigentes anarquistas y socialistas August Spies, Albert Parsons, Adolf Fischer y George Engel. Otro de ellos, Louis Lingg, se había suicidado el día anterior.

La pena de Samuel Fielden y Michael Schwab fue conmutada por la de cadena perpetua, es decir, debían morir en la cárcel, y Oscar W. Neebe estaba condenado a quince años de trabajos forzados.

Cuando Spies, Parsons, Fischer y Engel fueron colgados, la indignación creció, y hubo manifestaciones contra el capitalismo y de sus jueces en las principales ciudades del mundo. De allí empezó a celebrarse cada 1° de mayo el “Día Internacional de los Trabajadores”, conmemorando exactamente el inicio de la huelga por las 8 horas y no su aberrante epílogo. Pero fue el sacrificio de los héroes de Chicago el que grabó a fuego en la conciencia obrera aquella fecha inolvidable.

Las jornadas laborales eran de 14 horas como mínimo y tanto las empresas privadas como le gobierno que realizaba obra pública, se resistían a esta reducción de horas laborales.

Las  ejecuciones se llevaron a cabo en medio de grandes protestas sociales y tras un juicio lleno de  irregularidades. Su condena fue debida a su liderazgo laboral y a su militancia anarquista, como  cabecillas de las reivindicaciones por la jornada laboral de ocho horas, cosa que amenazaba los  intereses de industriales y conservadores dentro del gobierno.

La reducción del horario de trabajo se convertiría en una victoria de los anarquistas, quienes habían tomado esa bandera como propia, pero que apoyaban los trabajadores aunque no estuvieran afiliados a estas ideas.

En 1886 se trataba a los obreros como máquinas, por lo que se inició una gran protesta la cual costó la vida de muchos trabajadores y dirigentes sindicales; fueron miles los despedidos, detenidos, procesados, heridos de bala o torturados por haber cometido el peor de los delitos de esos días: luchar por horarios laborales humanos.

El salario era escaso y sólo permitía ir malviviendo mientras había un puesto de trabajo en la Industria. En caso de cierre de la empresa, el destino para las familias obreras era el paro o la emigración.

Por si fuera poco, sus hijos trabajaban desde los 6 años, y las mujeres de noche para completar el salario familiar. La miseria y la explotación eran un lugar común entre las clases trabajadoras, así como la represión policial. No es extraño, por lo tanto, que los obreros intentaran terminar con esta situación a partir de la década de 1880.

Tras los esfuerzos de la clase obrera norteamericana lograron modificar la actitud del Gobierno, pero no la de los empresarios. Siendo Presidente de los Estados Unidos Andrew Johnson, en 1868, se dictó la Ley Ingersoll, que establecía la jornada de 8 horas para los empleados de las oficinas federales y para quienes trabajaban en obras públicas.

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